En los últimos años, el consumo de bebidas energéticas se ha disparado entre niños y adolescentes, representando un grave problema de salud pública. Hasta un 47% de los jóvenes entre 14 y 18 años reconoce consumirlas. También ha aumentado el consumo de las bebidas deportivas o isotónicas entre los menores.
Muchas veces, ambas bebidas se confunden porque comparten envases llamativos, se venden en los mismos lugares y aparecen asociadas a la actividad física y al rendimiento. Esto puede hacer que algunos menores consuman bebidas energéticas pensando que son adecuadas para hidratarse durante o después del ejercicio, cuando en realidad sus efectos y su finalidad son muy diferentes.
Las bebidas deportivas o isotónicas sí están diseñadas para reponer agua, sales minerales y energía después de realizar ejercicio físico intenso y prolongado. Sin embargo, no son necesarias para todas las personas ni para cualquier actividad física cotidiana. En la mayoría de los casos, el agua es la mejor opción para mantenerse hidratado. Consumir bebidas deportivas sin necesidad también puede suponer un exceso de azúcares y calorías.
Por otro lado, las bebidas energéticas no son refrescos. Aunque su publicidad las presenta como productos asociados al ocio, al deporte o a la diversión, contienen altas cantidades de cafeína, azúcar y otras sustancias estimulantes que pueden afectar negativamente a la salud, especialmente en niños y adolescentes. Su consumo puede provocar nerviosismo, dificultades para dormir, aumento de la frecuencia cardíaca, ansiedad e incluso riesgos mayores si se toman en exceso o se mezclan con otras sustancias.
Por ello, consideramos que es fundamental que las familias conozcan las diferencias entre ambas bebidas, aprendan a interpretar sus etiquetas y hablen con sus hijos e hijas sobre un consumo responsable.
